Esther y las pléyades.Capítulo IV

A la mañana siguiente, nada más salir el sol, su madre la despertó con prisas.

Hija, tenemos que irnos. Por favor, haz la maleta.
¿Qué dices, mamá? ¿Tan pronto?- resopló Esther frotándose los ojos con desgana.
Lo siento, mi niña. Me han llamado del trabajo y tengo que volver sin falta.
Pero, mamá…
No hay peros. Cuando hay que hacer, hay que hacer.

¿Qué clase de estropicio habría sucedido? Al ver el gesto preocupado de su madre, la niña comprendió que no había remedio a semejante desastre.

El coche, cargado hasta los topes, esperaba con el motor en marcha la llegada de Esther que entre lágrimas, terminaba de recoger sus cosas. Era una certeza, las vacaciones tocaban a su fin y con ellas los juegos con su amiga recién estrenada a la que buscó por todas partes para despedirse.

Anda hija, vámonos- inquirió Maya, nerviosa.- No tengo ganas de encontrarme con la caravana de vuelta. Si no nos vamos ya, nos pillará el atasco y aún quedan muchas horas de camino por delante.
Es que no encuentro a mi amiga, mamá. Quiero decirle adiós.
¿No sabes dónde vive?
Ni idea.
¿Has preguntado a la abuela?
Te parecerá extraño pero la abuela no la conoce.
¿Cómo va a ser eso? Este es un pueblo pequeño, la abuela conoce a todo el mundo.
Pues no sabe nada de Tai.
Bueno, hija lo siento pero no podemos demorarnos más.

Nuestra Esther estrella gritó el nombre de Tai a los cuatro vientos en un intento desesperado de volver a verla y como no obtuvo respuesta, se metió en el coche desanimada.

Escucha, cielo- le dijo su madre.- Tienes que aceptarlo. Ya has hecho todo lo posible y tu amiga no aparece. No puedes hacer más.
Ya, pero con tu cambio de planes no he podido despedirme. Creí que estaríamos aquí hasta el final del verano.
Ya te lo he explicado. Me llamaron del trabajo y…

La niña no escuchó nada más. Salió del coche a toda prisa y corrió por el sendero que llevaba a la pradera donde tropezó con la comba pero de Tai, ni rastro. Tomó una margarita y empezó a deshojarla con la idea de que al cantar me quiere, no me quiere, su amiga saldría de la nada pero la magia no funcionó.

Hija- pidió la madre que había salido tras ella.- Si no aparece es porque ha de ser así. Confía. Este momento es como tiene que ser.
¡Claro! Para ti es fácil, como no tienes amigas.
Esther, eso ha sido cruel. Yo no tengo la culpa de nada y tú, tampoco. Puedes desear que las cosas sean diferentes en el futuro pero ahora tienes que aceptarlas como están. A veces hay que hacer menos para conseguir más .No se derrumbará el mundo por eso.
El mío, sí.- afirmó Esther con una piedra en el corazón.
Amor, sólo tú eres la responsable de cómo te sientes. Es una buena noticia, ¿no crees? Ten pensamientos alegres y podrás flotar.

Gozar, levitar, brillar. ¿Cómo su madre sabía de esas cosas?

Verás, en la vida sucede que atraemos a personas para seguir creciendo y cuando la misión toca a su fin, desaparecen. Así de sencillo. Hay que vivir plenamente el presente para llevar el corazón ligero, mi amor. Anda, anímate y respira hondo. Un largo camino nos espera.

Brillar, levitar, gozar.

Su madre tenía razón, mejor no cargar con pesos muertos. Miró las flores y cayó en la cuenta de cómo crecían sin esfuerzo cumpliendo sin más su naturaleza y la intuición le dijo que tenía que marcharse no sin antes dejar un te quiero grabado en la tierra para que Tai lo encontrara si volvía a por su comba.

Aún en la carretera, cayó la noche dando paso a una luna redonda y grande.

¡Mira la luna, mamá! ¡Es tan mágica!
La gran Selene- arguyó la madre.
¿Selene?
Sí. Es el nombre de una diosa. Significa Luz de Luna.
Luz de Luna ¡Qué chulo! Y ¡Mira!- añadió la niña sin dejar de mirar el cielo ¡Una estrella fugaz!
Curioso que se pueda ver con luna llena.
Sí. También veo un enjambre de puntitos luminosos ¿cómo se llamará?

La madre aparcó en el arcén y miró hacia donde su hija apuntaba.

¡Ah! Esas son las Pléyades.
¡Cómo brillan!
Sí. Son hermosas. Aunque no consigo verlas todas.
¿Cuántas son?
Siete.
¡Mi número de la suerte!
Anda vamos, que a este paso no llegaremos nunca. Mañana madrugo muchísimo.

Durante el viaje, meditó sobre la charla que mantuvo con su madre y sacó su conclusión:

Todo sigue su curso sin tener que empeñarse. La luna brilla, las flores crecen y las personas cumplimos nuestros sueños porque es lo natural. De modo que Tai y yo volveremos a encontrarnos a su debido tiempo.
¿Qué dices, mi niña?- preguntó Maya cansada de tanto viaje.
Nada, mamá. Cosas mías.

Y apuntó en su cuaderno la visión de la estrella fugaz, pues intuía que de algún modo, era un dato importante.

Brillar, levitar, gozar.

7 comentarios en «Esther y las pléyades.Capítulo IV»

  1. ¡Cómo me gustan los cuentos de la pequeña Esther!
    Ya estoy deseando escuchar el siguiente. 🙂
    Con esa ternura en tu forma de contar cosas tan profundas, Siempre me despiertas una sonrisa

    ¡Gracias Blanca!

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