El Gusto (un cuento inspirado en el cuadro de Jan Brueghel el Viejo)

Este cuadro, producto de la colaboración de Jan Brueghel el Viejo y Rubens, me apasiona desde mi adolescencia, y  la primera semana en que llegué a España, por allá por el año 2002, lo fui a visitar al Prado, me quedé perplejo de lo minúsculo que es, y a la vez tan inmenso, por expresar de una manera tan elocuente la abundancia de un mundo primigenio, dionisíaco, tántrico; de  bosques misteriosos y de caza abundante, donde la vida devora a la vida, como enseña el mismo Señor Shiva en los Puranas y como nos describe el mundo de Dionisos Nonno de Panópolis en las Dionisíacas.

Hoy os comparto este cuento, que de tanto sumergirme en este cuadro, no pude evitar convertirlo en texto como mejor pude y como mejor lo sentí. Por fin, conjurado el dios Pan de mi mente, ahora lo disfruto con más entusiasmo. Espero que te guste.

“…en el gozo habita dios, ¿no crees?”

Marsias

_ Otra vez tú por aquí, según me dicen eres muy encantador y embaucas a  mujeres y hombres con tu música, yo no lo entiendo, porque cómo un fauno tan feo, como tú, los puede encandilar así, pero a mí déjame en paz que tengo que trabajar, ¿no ves esos animales muertos que mi esposo y sus amigos han cazado? Son para el gran banquete de esta noche y tú has convencido a todos nuestros criados para que se emborrachen contigo en el bosque. Y no veas cómo se pone mi marido cuando se enfada, debo terminar con todo esto antes de que llegue, al anochecer,  y no sé nada de cocina ni de deshollar animales. Sólo está aquí Veremundo, el único siervo fiel a esta familia, lo estoy ayudando como puedo para quitar de en medio todo este desastre, porque cuando llegue mi esposo es capaz de matarme a mí por no saber gobernar esta casa y a ellos por desobedientes.

_ Marta, Marta, siempre tan afanada, en vez de prestar atención a aquello que sí tiene valor en la vida.
_ No me hagas reír, ¿qué es lo importante en la vida, ir como vas tú, con ese instrumento de viento de pueblo en pueblo, con tus amigos a alegrarle la vida a la gente ociosa y sin beneficio?

_ Tu hermana no opina lo mismo.

_ Mi hermana no es una mujer a la que debas tomar como ejemplo, ya sabes que es una vaga que se va al bosque a escondidas a celebrar esas fiestas paganas que no le agradan a Dios, y tú eres el culpable.

_ Si al menos te tomaras una copa conmigo…

_  Marsias, no sé si te has dado cuenta de que esta es una casa cristiana, de gente noble y de bien, yo soy una mujer noble, fiel a mis tradiciones, ese fue el destino que Dios me dio, no trates de desviarme, como a mi hermana María.

Marta se queda mirando los animales muertos y suspira, ve al venado colgado bocabajo para desangrarlo,  al jabalí decapitado y las liebres y perdices y faisanes, tirados por el suelo, hasta un pobre pavo real habían cazado los señores para el banquete que se celebraría en la noche-. No sé lo que le pasa a esta gente, de verdad, con todo el trabajo que tenemos y mira…están todos en el bosque celebrando no sé qué, me he quedado sola con todo este desastre, ya están las mesas puestas, y encima vienes tú a invitarme a esa fiesta.-Marta cogió una liebre por las orejas, con un cuchillo para desollarla- ¡largo, me voy a trabajar!.

_ Espera un momento, escúchame -le dijo el músico, quitándole el cuchillo de la mano, abrazándola, ella sintió que perdía las fuerzas en sus brazos. Él la besó en los labios y ella cedió por un momento, pero reaccionó y lo apartó de su cuerpo con violencia.

_ Pero qué haces, por qué no te vas a tu fiesta y me dejas en paz, has convencido a todos y han abandonado el trabajo, si me voy yo quién lo hará -dijo hastiada.

_ Tú que te dices tan cristiana no ves que el señor dios también festejaba ¿no ves en ese cuadro que ha colgado tu esposo cómo tu señor convierte el agua en vino?. Sólo mira.

_ El padre nos explicó en la misa que eso era mosto, no vino.

_ Pero se dice que en esas bodas se repartió el mejor vino del mundo, además el cura bien que se ocupa de que lo que él se bebe en la misa no sea mosto.  Además, mira los demás cuadros de este comedor, a mi me parece que representan fiestas en el campo, ¿no ves cómo van desnudas esas mujeres? y hasta veo ahí detrás al dios romano del vino.

Marta se acercó al cuadro-. no me había fijado, ¡Pero no ves que esas mujeres están desnudas ahí, con esos niños! eso no puede ser de Dios.

_ Para mí que esos niños representan la pureza de los placeres de la vida,  sólo confirman lo que siempre te digo, en el gozo habita dios, ¿no crees?

_ Pues mira aquí detrás, en esa pintura lo único que veo son los estragos del vino en esa juerga de campesinos. A mí déjame, que yo me considero una mujer trabajadora, obediente de la ley de Dios. Tú, mi hermana María, y toda esta panda de siervos infieles sois unos pervertidos. Todos jugando por la arboleda y por los rincones de este comedor, y hasta os he visto jugar en los establos, mujeres solteras con un comportamiento indigno de las señoras decentes, y todo eso desde que llegaste aquí, ¿Cuándo te vas a otro pueblo y nos dejarás en paz de una vez?

_ Cuándo reúna aquí a todos mis amigos, y tú eres una que debes partir conmigo, para que celebremos la vida por todos los pueblos de la comarca.

_ No me hagas reír, lo que me faltaba, irme con un fauno, detrás de unos borrachos que ni siquiera saben el papel que les ha tocado en esta sociedad y eligen irse contigo, que ni siquiera tocas una guitarra, sino ese instrumento de madera que ni siquiera compras, te lo fabricas tú mismo con trozos de madera, no tienes el refinamiento de mi esposo,  él sí que sabe vivir, se hace traer músicos hasta de Italia, músicos que tocan el harpa, el violín, el piano, mientras que tú sólo eres un juerguista que, no te lo niego, tienes encanto, pero sólo seduces a cabezas huecas como la de mi hermana, y los hombres de aquí se van contigo porque contigo hay mucha bebida y retozan con las mujeres, reconozco que te adoran, pero con lo que les das… así a cualquiera.

_ Te haré una pregunta ¿viste a tu marido y a sus nobles amigos cazar a los animales?

Y quién no iba a ver eso, hoy había más animales que de costumbre, no sé de dónde salieron tantos, la verdad. Saltaban las liebres por aquí, algún jabalí por allá,  faisanes como si llovieran del cielo, pavos reales, las perdices… Mi marido estaba como un loco furioso, disparaba con su ballesta a unos y a otros, sus amigos hacían lo mismo. Incluso mi cuñado, ese que está enamorado de mi hermana, pero que ella lo ha desilusionado por ser tan ligera de cascos, mató a ese venado que cuelga de ahí  bocabajo. Hoy creo que se pasaron con la cacería, ahora sobra la carne.

Marsias miró a los animales muertos a su alrededor y acarició los cadáveres-. Qué pena, dijo, como para sí mismo.

_ Por qué te dan pena, para eso son los animales, para matarlos y comerlos, como si no comieras carne, si ya sé lo que hacéis en el monte, sacrificáis animales a la herma esa de Baco que está ahí desde el tiempo de los romanos. ¿Todo eso porque les prometes llevártelos a todos a la tierra de donde vienes, la Arcadia?

El fauno no respondió, se había sentado en el suelo, acariciaba una liebre muerta en sus brazos y la besaba. Marta le repitió la pregunta y él como que despertó de un sueño.

_ Sí, quiero que todos se vayan conmigo a la Arcadia, que retornen a la vida simple, al gozo sin penas.

_ Para eso está el cielo, fauno, y un cielo de santidad, no de juergas, como ese que prometes. ¿De verdad existe ese país tuyo de arboledas vírgenes y bosques poblados de ninfas, dríades, ondinas, sílfides e infinidad de espíritus de la naturaleza?

_ Sólo tienes que intentar verlo con tus propios ojos, estás ciega de afanes de la vida y de los dictados de las costumbres, y en el sacrificio de tu vida entera a guardar las apariencias y obedecer los reglamentos de quienes dicen que Dios los ha enviado para regular la vida de los hombres.

_  Dime tú, que dices ser tan sabio, ¿cómo puedo ver ese país si ni siquiera sé dónde está? porque a todo el mundo le gustaría vivir en un paraíso así, sin compromisos, sin tareas arduas, de disfrutar del amor sin ser condenada, de no tener un hombre dominándome y tener que agachar la cabeza cada vez que pronuncie sus sentencias, si eso fuera verdad todas las mujeres estaríamos allí, ¿no crees?.

_ Claro que lo creo, sólo tienes que querer, quererlo de verdad.

_ Ya te he dicho que todo el mundo quisiera esa vida despreocupada, yo también. Anda, sírveme un poco de agua, que tanto hablar de esas cosas me ha dado sed.

_ ¿No prefieres mejor un poco de vino?

_ ¡No seas borracho! además mi marido hizo esconder todo el vino precisamente para que los criados no se lo roben y se emborrachen, en vez de trabajar.

Marsias sonrió astutamente, tomó la jarra de agua que estaba a su lado y vertió un poco en la copa dorada que Marta tenía a su lado. Se hizo un silencio extraño, los pájaros de la espesura dejaron de cantar, ya no se escuchaba al cocinero y a su hijo hacer ruído en la cocina. Ella lo miró fijamente, miró la jarra  y la copa llena. ¿Por qué esa sonrisa?

_ Si tienes sed, sólo tienes que beber y no te preocupes por nada, Marta.

_ Mira, Marsias -dijo Marta, ignorando la copa-, mientes a esa gente sobre Arcadia, porque si no estoy equivocada, tu dios, ese de la herma en el bosque, ha sido vencido hace mucho tiempo por un dios de orden, el dios de la iglesia que todos seguimos en este pueblo.

_ No ha sido vencido, Marta, sólo que se ha ocultado en estos tiempos violentos y convulsos y se reserva para gente más simples.

_ A mí toda esta charla me da una sed -miró la copa de agua y luego miró al fauno- pero de qué te ríes. Entonces agarró la copa y comenzó a beber, y a medida que bebía, el agua se fue espesando en su lengua, sintió el olor a uva macerada por los años invadiendo su paladar y expandiéndose deliciosamente por su cabeza. Asombrada y asustada, soltó la copa, ¡pero qué le has hecho al agua! ¡la has convertido en vino! ¡has pecado, has imitado el milagro de nuestro señor!.-Entonces sonrió con ojos vivaces y felices pidiéndole al fauno que le sirviera más. Apuró la segunda copa y sonreía bebiendo más y más, mientras el fauno la acompañaba, bebiendo con ella, y ambos comenzaron a danzar. Marta hacía movimientos sensuales y cadenciosos, porque Marsias, con la siringa, entonaba una melodía misteriosa que invadía todo el bosque.

Así continuó Marta danzando todo el día y toda la tarde, y el criado que había probado el vino también, junto con su hijo, dejó de trabajar y huyeron a la espesura a reunirse con los demás criados. Al caer la tarde, algo despertó a Marta de su embeleso, escuchó a su marido desde la distancia que venía con toda su comitiva, hacían ruidos y proclamas viriles de vencedores, se felicitaban por la sangrienta cacería, vitoreando a su esposo por su puntería y su valentía.

_ ¡Vete! ¡vete! si mi marido nos encuentra aquí te mata, y a mí también. Miró hacia la cocina, asustada y extremadamente nerviosa ¡Veremundo! ¡Veremundo! aquí viene el Duque, mi marido, y mira cómo está todo esto, por llevarme de la locura de este fauno. Como el criado no respondía, ella entró a la cocina y, al verse sola, se sintió aterrada por la ira de su marido. Seguía escuchando las voces y los perros de caza ladrando cada vez más cerca. Aún sentía los efectos del vino en su cuerpo y se tambaleaba al caminar, salió corriendo de la cocina y se dirigía al campo al encuentro de su esposo para avisarle que nada se había hecho porque no había criados, era como su manera de desprenderse de la responsabilidad por lo ocurrido, pero al pasar por delante de la mesa tropezó con las uvas , las sandías y  los dulces esparciéndolos por todas partes. Se levantó del suelo, aterrada, había caído encima de los cuerpos desnudos de criados y nobles que yacían tirados por el suelo, miró hacia la columna y ya no estaba el venado colgado bocabajo, sino su hermana muerta. Los conejos, las perdices, los faisanes, los peces y todos los animales del banquete eran los criados amigos del fauno.

Desesperada, descolgó a su hermana de la columna y lloró desconsoladamente, los perros de los cazadores se escuchaban ahora más de cerca.

Entonces Marsias le tocó el hombro a Marta-. Déjame, todo es por tu culpa -ella replicó-, al final me sedujiste a mí también, eres malo. El fauno se puso un dedo en los labios y la hizo callar, fue a buscar la jarra de vino, escanció la copa y la vertió en la cara de María, que yacía exangüe en el suelo. Llena de sorpresa, Marta vio como su hermana despertaba, como de un sueño, con una sonrisa en los labios, como si volviese de la siesta. Marsias procedió así con los demás cuerpos, uno a uno fueron despertando, con las heridas de las flechas curadas y con la habilidad de las gacelas siguieron a Marsias que ya se internaba en el bosque y se perdieron en la espesura de los árboles.

Marta se hallaba desconcertada, sin saber qué hacer, su hermana se había marchado con el fauno y ella se hallaba sola en medio de ese desorden y a punto de enfrentarse a la cólera de su marido. Los perros ladraban más de cerca y estaban enardecidos porque escuchaban la música de la siringa del fauno que cada vez se alejaba más y más. Entonces ella se desnudó, se sintió, por primera vez en su vida, libre, sintió que con su ropa caían ataduras de siglos de contención. Abandonó su ropa y huyó hacia la arboleda, perdiéndose junto a los demás.

Al llegar el marido, encontró la casa despoblada, en la mesa apenas quedaban las frutas, un silencio sepulcral envolvió a todos los hombres armados, ya que hasta los perros habían callado. El duque tomó del suelo la jarra y la copa y las olió.

_ Vamos, señor Duque, vamos a por ellos antes de que se escapen.-Dijo uno de los nobles, arreando su caballo.

_ Déjalos -dijo el duque-. A estas horas ya deben estar en Arcadia.

Ricardo Martínez Velázquez

Editor

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